El Euro Digital: ¿moneda de libertad o instrumento de control? (VII)
El Euro Digital: impacto macroeconómico y monetario del Euro Digital
Tenía yo ganas de profundizar un poquito más en este tema.
En un artículo anterior, en la segunda entrega, estuve cubriendo el marco económico desde un plano casi académico, podríamos decir.
Hablé de la Escuela Austriaca, de mi motivación en este sentido, de la teoría del dinero y del capital y de muchas otras cuestiones que me parecen relevantes a tener en consideración sobre el tema que nos ocupa en estas últimas entradas de mi querido blog.
Hoy vengo a hablar también de esto, aunque de una manera un tanto más práctica o más de andar por casa.
Al final, llegados a este punto de la serie, ya no estamos hablando de si el euro digital es “bonito” o “feo” en términos filosóficos. Toca mirar la parte que de verdad duele: qué le hace esto a la macro, a la política monetaria del BCE y, en última instancia, a la calidad del propio euro como moneda.
Spoiler: no es un simple “es como el efectivo, pero en app”. Si te venden esa frase sin más, te están intentando colar algo.
Pero antes de sumergiros en la belleza de mi sitio, al que tanto cariño le tengo, os paso con mi disclaimer habitual y seguimos con la colección de matraca histórica del Euro Digital.
Disclaimer: todas las opiniones y declaraciones vertidas en este blog, representan únicamente mis opiniones y para nada vinculan a ninguna entidad, empresa, o negocio con quien tenga cualquier tipo de relación o colaboración.
De qué está hecho realmente el Eurito Digital
Mi padre decía, hay que empezar por abajo, por los cimientos, Marcos.
Pues ahí vamos, empecemos por la base.
Un euro digital minorista formaría parte de la base monetaria, M0. Misma liga que los billetes y las reservas de los bancos en el BCE. No es un “token privado”, es pasivo directo del banco central.

Si aún te sigues perdiendo con las M0, M1, etc. del Banco Central Europeo, o si eres nuevo en esta serie, te dejo un enlace en el que lo explican en el Banco de España: aquí el enlace.
El arranque, en teoría, sería neutro: cambio uno a uno. Conviertes los depósitos o efectivo en euro digital y, sobre el papel, no has ampliado el tamaño total de la tarta. Cambias la forma del dinero, no la cantidad.
El problema viene después.
Imagina que el BCE fija un límite de, por ejemplo, 3.000 euros por persona.
Solo imagínalo. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
En un contexto de desconfianza bancaria, ¿dónde crees que va a querer la gente su colchón? Exacto, aparcado en el balance del BCE, no en el de un banco comercial con ratios creativos.
Haz números conmigo: 100 millones de europeos guardando 3.000 euros en su monedero del BCE son 300.000 millones de euros moviéndose de depósitos bancarios al banco central. Y eso solo con una cifra prudente. Si la cosa funciona y “no pasa nada”, el límite se puede subir. Y entonces ya no hablamos de un reto técnico, sino de una redimensión de todo el sistema bancario europeo.
La otra palanca es la remuneración. Ahora mismo el discurso oficial es “0 % de interés” para no convertir el invento en un producto de inversión. Lógico: si el euro digital paga interés, el depósito bancario se convierte en el primo tonto de la familia. Pero basta con que algún día alguien en Fráncfort se despiste y diga: “vamos a darle un +0,5 % para estabilizar no sé qué”, y la demanda se dispara. Es muy difícil competir contra un activo sin riesgo de crédito que paga algo, aunque sea poco.
Por eso mismo es bastante probable que el BCE se aferre al 0 % con uñas y dientes… mientras pueda.
Política monetaria con turbo (y sin frenos)
Aquí viene la parte divertida para los bancos centrales y no tan divertida para el resto.
Con una CBDC, la transmisión de la política monetaria deja de depender solo de los bancos. El BCE ya no tiene que rezar para que, tras bajar tipos, los bancos se animen a prestar. Puede directamente abrir el grifo hacia los ciudadanos: helicóptero monetario en vena.
¿Quieres estimular la demanda en una recesión? En vez de dar ruedas de prensa y cruzar los dedos, acreditas 500 euros en cada monedero de euro digital. Gasto instantáneo, base monetaria que sube igual de instantáneamente. Mezcla rara entre política monetaria y fiscal: el banco central hace de Ministerio de Hacienda con mejor UX.
En una trampa de liqiudez, esto es una herramienta poderosa. El problema, como advierte la Escuela austriaca es que también es una invitación formal a pasarse de frenada. Cuando imprimir dinero deja de tener fricciones, la tentación de usarlo para todo es enorme.
Whatever it takes, y tal.
Y no acaba ahí.

Con el Euro Digital, el BCE puede jugar a otra cosa: tipos de interés por tramos. Hasta 3.000 euros, 0 %. A partir de ahí, -1 %. No es una chorrada que se me haya ocurrido a mí nada mñas. Técnicamente es trivial: solo es un if en el sistema. Políticamente es dinamita. De repente, el banco central no solo decide el tipo interbancario, sino a partir de qué saldo de tus ahorros empieza a cobrarte por no gastar.
A vel, sobre el papel (pedazo de rima), queda finísimo.
Lo del Euro, no lo de la rima.
En la práctica, prueba a explicarle a un ciudadano medio que el banco central le va a cobrar por tener demasiado dinero en un producto que él no pidió. El nivel de confianza en la institución se pone a prueba en tiempo real.
Peligrosillo, cuanto menos.
Bancos, pánicos y la pregunta incómoda: ¿para qué se necesitan?
Otro efecto macro que me parece evidente: en una crisis bancaria, el Eurillo Digital sería el refugio natural. (Al final le voy a coger cariño, y todo)
Si corre el rumor de que tu banco huele raro, el movimeinto racional es mover el máximo permitido a tu monedero del BCE. En masa. Eso acelera las salidas de depósitos y deja a los bancos secos de liquidez. El BCE, para evitar el colapso, tendría que actuar como prestamista de última instancia con más intensidad todavía.
Esto es preocupante, chavalada.
Traducción: el sistema de pagos sigue funcionando porque todos podemos pagar con euro digital, aunque nuestro banco esté técnicamente quebrado. El riesgo sistémico de pagos baja… pero el BCE pasa a ser, de facto, el proveedor principal de liquidez de la economía real.
Y entonces llega la pregunta que algunos, como MAFO en su momento, ya apuntaban con otras reformas: si el banco central acaba poniendo casi todo el dinero líquido, ¿para qué necesitamos tantos bancos tal y como los conocemos hoy?
No es un detalle técnico. Es un rediseño de la arquitectua financiera europea.
Inflación, deflación y el menú de sustos
Vale, vamos por partes aquí, que diría Jack el destripador cuando tenía prisa porque se le quemaba el cordero.
El lado inflacionista
Cuando emitir y repartir dinero se vuelve tan fácil como lanzar una actualización de app, el riesgo inflacionista no es una paranoia.

Si cada recesión se aborda con uno o varios “airdrops” de euro digital a la población, la demanda de bienes sube. Perfecto para salir del bache. El problema es qué pasa si, cuando la economía se recupera, nadie tiene el valor político de retirar ese exceso de dinero. Ah, amigo...
A eso súmale que el Euro Digital puede reducir la preferencia por tener efectivo debajo del colchón. Si el refugio ahora es el propio BCE, digital y cómodo, mucha gente estará más dispuesta a mover y gastar ese dinero. Más velocidad de circulación, más gasolina sobre la base monetaria ampliada. La receta para presiones inflacionistas está srevida si la oferta de bienes no acompaña.
El lado deflacionista
Pero también está el otro lado, menos intuitivo: el riesgo deflacionario.
Si el euro digital canibaliza depósitos y reduce demasiado la capacidad de los bancos para prestar, la creación de dinero bancario (M1, M2) puede contraerse. Menos crédito a empresas y familias, más caro, menos inversión, menos consumo. Eso se traduce en presiones deflacionarias y en recesiones más duras, salvo que alguien compense el agujero.
Hay estudios del FMI que ya apuntan que una CBDC mal calibrada puede reducir el multiplicador bancario y frenar el crecimiento de agregados como M3 si el banco central no reacciona. El diseño del Euro Digital no juega en el terreno de las filigranas académicas: afecta al volumen de crédito de la economía real.
El escenario “neutral” que nos venden
El BCE, por supuesto, vende un escenario de neutralidad: lo que sale de los depósitos vuelve a los bancos en forma de financiación del propio BCE. Es decir, el ciudadano aparca su dinero en el euro Digital, pero el banco central presta ese mismo dinero al banco para que siga dando crédito.
Sobre el papel, el tamaño total del dinero y del crédito apenas se movería. Cambian los canales, no los volúmenes.
Suena razonable, ojo. No vayais a tacharme a mí de agorero perpétuo.
También implica que el BCE se convierte en un intermediario todavía más central entre ahorro y crédito, con todo lo que eso conlleva en términos de poder y de riesgo de errores de calibración.
¿Refuerza o debilita el euro como moneda global?
Os doy una respuesta muy a lo Rajoy: depende.
A nivel geopolítico, el Euro Digital es una oportunidad y una amenaza a la vez.
La versión happy del cuento de hadas: la eurozona saca adelante una CBDC razonablemente bien diseñada, interoperable con otras monedas digitales, capaz de abaratar pagos transfronterizos y de reducir la dependencia de infraestructuras controladas por terceros países. Si se permite un cierto acceso a residentes en países con monedas débiles, el euro digital se convierte en refugio externo. Más demanda internacional de euros, más peso como moneda de reserva.
No olvidemos que el euro ya es la segunda gran moneda de reserva. Una CBDC que funcione, mientras otros siguen en piloto eterno, puede darle un plus de atractivo frente al dólar, sobre todo si el mundo se cansa del riesgo político de tenerlo todo denominado en USD.
Y ahora la versión en la que la bruja gana: el euro digital se percibe como un experimento de control social, se lanza justo antes o justo después de un episodio inflacionario mal gestionado, y se asocia en la mente de la gente con más inflación y más vigilancia. En ese caso, lo que se erosiona no es solo la imagen de la herramienta, sino la credibilidad del propio BCE.
Si los inversores internacionales empiezan a ver la CBDC europea como una vía para financiar déficits públicos por la puerta de atrás, la prima de desconfianza se traduce en un euro más débil frente a otras monedas. Y no sería raro que algunos países sancionados o con tensiones geopolíticas vean el euro digital como un arma más de presión (“te congelo el saldo con un click”), y prefieran otras alternativas menos apagables.
¿Me dejáis que piense esto último?
Dólar digital, yuan digital y el papelón de Europa
En este tablero no estamos solos.
China ya juega su partido con el e-CNY, que no es teoría, sino un piloto a gran escala, incluso en operaciones internacionales. Su objetivo es claro: ganar margen frente al dólar y, de paso, exportar su modelo de control.

Jugada maestra.
Estados Unidos va mucho más lento con una CBDC pública, y mientras tanto tolera y regula stablecoins en dólares emitidas por privados. Eso abre la puerta a un escenario curioso: euro digital público del BCE compitiendo con dólares “tokenizados” de emisores privados como Circle. Uno es pasivo directo de un banco central, el otro, de una empresa con reservas. En términos de riesgo, adivina cuál es más sólido.
Si la Fed se retrasa mucho, el Euro Digital puede convertirse en el estándar de referencia en el mundo occidental institucional, mientras el dólar domina vía stablecoins y sistema tradicional. Un sistema dual bastante frágil, por cierto.
Y luego está el efecto conjunto con el yuan digital. CBDCs en euro y yuan, cada una con su agenda, pueden ir erosionando poco a poco la hegemonía del dólar. No porque el euro vaya a destronar al USD él solo, sino porque el sistema puede terminar siendo más multipolar: varias monedas fuertes, todas digitales, compitiendo en un campo nuevo.
Gobernanza, populismo y el riesgo de “argentinización”
Hablo de la Argentina mala, de la de CFK,q ue no es Kentucky Fried Chicken desordenado, sino Cristina Fernandez Kirchner.
O como se escriba, disculpadme las prisas.
En fin, todo esto sería manejable si la gobernanza fuera a prueba de tentaciones. No lo es.
Dentro de la eurozona ya hemos visto lo difícil que es coordinar política fiscal nacional con política monetaria única. Ahora añade una CBDC capaz de dirigir dinero de forma quirúrgica a países, sectores o colectivos concretos.
En una crisis de deuda, nada impide técnicamente que el BCE decida “apoyar” a un país concreto inyectando euro digital en los monederos de sus ciudadanos. Es, de facto, una transferencia fiscal con aroma inflacionario sin pasar por presupuestos ni por debates parlamentarios clásicos. Imagina el nivel de fricción política Norte-Sur que eso puede generar.
Esto en un contexto en el que no pinta bien el panorama de los próximos 10 años para Alemania. No digo más.
Desde la Escuela Austriaca, este tipo de instrumento se ve como la autopista a la “argentinización”: usar la máquina de imprimir (ahora digital, más cómoda) para tapar desequilibrios estructurales. El euro, en ese escenario, no se rompe mañana, pero pierde calidad paulatinamente.

La única forma raznable de contener esto sería imponer reglas claras: límites a cuánto puede crecer la base monetaria vía CBDC, condiciones excepcionales para usar estímulos digitales, y participación real de Parlamento y Consejo en esas decisiones. Si no, el mandato de “inflación en el 2 %” pasa de ser un ancla a un eslogan.
Fases probables: del experimento al nuevo normal
En la práctica, lo más probable es una transición en fases.
Al principio, curiosidad y migración gradual: la gente prueba el euro digital, convierte algo de depósitos y efectivo, y el BCE ajusta ciertos límites y condiciones para que nada explote. Oferta y demanda crecen a la vez. All good.
Después, llegamos a una especie de equilibrio: la mayoría ya tiene su porción de Euro Digital, el efectivo físico sigue existiendo pero como residuo, y el grueso del dinero líquido en la economía se reparte entre depósitos bancarios y saldo en el banco central.
En el largo plazo, el efectivo podría quedar reducido a un porcentaje mínimo de M1, puramente residual y simbólico. La fricción física del dinero desaparece, y con ella se desvanecen algunos frenos psicológicos y técnicos a la hora de usar la palanca monetaria.
La pregunta no es si el euro digital puede reforzar el euro como moneda. Puede. La pregunta seria es: ¿a qué precio institucional y con qué controles? Un diseño prudente puede modernizar la moneda sin cargarse su credibilidad. Un diseño alegre, sometido a presiones políticas de corto plazo, nos lleva justo a lo contrario.
Y como siempre que das a alguien un botón rojo nuevo, el problema no es la tecnología. Es quién lo pulsa, cuándo y para qué.
Y ya estaría por hoy, queridos niños.
Nos vamos leyendo.
Gracias por leerme, gracias por tu tiempo.
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